20 febrero 2012

Chaouen, el azul que anuncia el mar entre las montañas


Nuestra última jornada completa en Marruecos fue bastante intensa. Aquel día nos adentramos en las montañas del Rif desde el sur para pasar parte de la mañana y la tarde en Chaouen, a pocos kilómetros ya de Ceuta.

En las horas que duró el trayecto, atravesando campos de cereal, de olivos, pasando junto a rebaños de ovejas arreadas por sus pastores, una de las cosas que llamó nuestra atención fue que no había apenas tráfico por las carreteras entre los pueblos y ciudades y que sin embargo los arcenes estaban repletos de personas a pie o a lomos de burros. No es demasiado difícil hacer la analogía y pensar que apenas hace sesenta años el campo español debía ser similar, apenas sin mecanizar, lleno de gente y de animales haciendo el trabajo que ahora hacen las máquinas.

En el interior del norte de Marruecos no hay demasiados vehículos que se usen para el mero ocio, cada camión, cada coche tiene una función clara; ya sea transportar personas o la cosecha. También es curioso, y luego se echa en falta en cuanto se cruza el Estrecho, no sentirse bombardeado por un tiempo por decenas de vallas publicitarias agolpándose unas sobre las otras para llamar la atención del conductor o los pasajeros, taladrando su mente con mensajes directos o subliminales. Lo que rodea al viajero es el paisaje puro y duro, los campos de cereal y de olivos, como decía en la primera entrada, como un espejo Península Ibérica que refleje un calendario atrasado en el tiempo. Olivos, por cierto, apenas podados ni ordenados, formando bosques para contradecir a sus hermanos marciales del otro lado de la imagen especular. 

Al acercarse a Chaouen desde el interior las paredes azules de la ciudad antigua parecen anunciar, bajo las dos grandes montañas que le dan nombre, la cercanía del Mediterráneo. Como un pueblo andaluz teñido de azul, esta localidad parece un adelanto de la Península cercana. Y ese aire no es casual puesto que sus primeros habitantes fueron sobre todo judíos y árabes exiliados de Al-Ándalus que se llevaron con ellos costumbres y arquitectura.

La única vez que había estado en Marruecos antes de este viaje fue tres años atrás y fue precisamente aquí. Como guardaba un buen recuerdo del lugar en el que nos habíamos alojado lo primero que intenté, aunque no me acordaba del nombre, fue localizarlo. No fue difícil, en cuanto entramos a las calles de la ciudad nueva, viejas imágenes empezaron a asaltarme y pude indicar con facilidad el camino.

Se trataba del hotel Goa, junto a una de las puertas de entrada a la medina. Propiedad de unos hippies franceses, este lugar es una buena opción para pasar la noche, e incluso la tarde en una terraza desde la que se contempla todo el pueblo. En la decoración destacan los motivos hindúes y el ambiente es relajado. Además, Pascal, el dueño, es conocido en todo Chaouen y recomienda buenos lugares en los que comer y comprar artículos de la zona a un precio razonable.

A todos les pareció un buen lugar así que dejamos allí las cosas y nos fuimos directamente a comer un cus cús en el bar Los Amigos. Pascal nos dijo que era un sitio fiable, bueno y barato… y así fue. El establecimiento, metido en la muralla de la medina y con una puerta a cada lado de ésta, no llama en un primer momento la atención pero la comida es muy buena y el dueño muy amable. Sin dudarlo, accedió a la petición de Jose y le mostró el ritual para la elaboración del té moruno. Lo único inquietante del negocio es un extraño dibujo del Pájaro Loco que preside su cartel.

Un encuentro con el Rif que no ve el turista en Chaouen
Después de varios días de viaje, nuestro paso por Chaouen no era muy ambicioso; los únicos objetivos eran el callejeo y la compra de artesanía marroquí. Quizá por eso nuestro mejor momento, y sin duda el más memorable, fue en una tienda que recordaba con cariño de mi viaje anterior. Allí encontró Ana hace tres años justo el bolso que quería después de tres días buscando de local en local, pero además el precio fue muy razonable y el dueño resultó ser una persona muy agradable que nos enseñó el funcionamiento del antiguo telar y con el que estuvimos un buen rato charlando.

La tienda, ahora de Habib, está solo a unos metros del hotel Goa y del bar Los Amigos. Lo cierto es que, a pesar de nuestro breve paso por allí, me dio pena cuando el nuevo tendero me comentó que el señor con el que habíamos conversado murió meses atrás. Pero sin duda dejó un digno sucesor que mantiene el espíritu del negocio.

Después del regateo, más tranquilo y regado de sonrisas de lo habitual, Habib salvó las ventas de la tarde por lo que, una vez terminada la contienda comercial, en lugar de despedirnos nos invitó a tomar tranquilamente el té. El té… y algo más. En un momento empezó a moverse de un lado para otro por la tienda buscando un lugar en el que nos pudiéramos sentar, algo que sirviera de mesa… incluso sacó una radio que tardó en querer funcionar, entre cables con cinta aislante, y en la que empezó a atronar Camarón de la Isla.

Al parecer, aunque pensara que la crisis económica que sufrimos es un merecido castigo divino por alejarnos de Dios, a Habib le caen bien los españoles. Claro que tampoco esperábamos otra afirmación de un comerciante que principalmente vive del turismo. El hecho es que aquel día, puede que influido por un problema de amores que necesitaba compartir con alguien, nos dedicó toda su atención. Lo cierto es que a través de lo que nos fue contando sobre su propia vida, entre calada y sorbo de té, rodeados de alfombras, cojines de cuero y telas, nos pudimos acercar sigilosamente a una parte de Chaouen y el Rif que queda oculta tras las fachadas recién pintadas y los restaurantes para turistas.

Habib nos contó que de joven –o de más joven porque no tenía ni treinta años– se había dedicado a trapichear con hachís. Eso, como a muchos chicos de la región, le supuso ganar mucho dinero en muy poco tiempo y con poco esfuerzo pero le abrió la puerta de la droga y el alcohol. Afortunadamente él había conseguido escapar de una espiral que sin embargo había atrapado a muchos de sus amigos que ahora, nos decía, estaban enganchados a la heroína. Por lo visto, una historia bastante común en esta zona conocida por su ingente producción de hachís.

Una vez más a lo largo de un viaje surgía la droga como fuente de financiación de la ruptura de una sociedad…

En más de una ocasión Habib nos repitió orgulloso que no solo había conseguido romper con ellas sino que había sido capaz de montar su propio negocio con ayuda de su hermano. Ahora era un hombre piadoso y cercano a Dios, y si ese día estaba bebiendo cerveza, como hizo al final, era por los problemas amorosos de los nos había  hablado al principio.

¿Ciudad típica o parque temático?
Antes y después de nuestro encuentro con Habib nos dedicamos a callejear por este pueblo de cerca de 40.000 habitantes que aún conserva un encanto especial a pesar de que en algunos aspectos empiece a parecer un parque temático de la cultura magrebí. Es cierto que aquí los cafetines de otros lugares han dado paso a las cafeterías, que los locales con oficios artesanales son ahora tiendas con productos clónicos pensados para el turista internacional o que las casas, recién pintadas con ayuda de la cooperación internacional, resplandecen demasiado, pero la vida en las calles y los niños recitando el Corán en las madrazas son auténticos, al igual que las señoras conversando tranquilamente bajo el fresco de la puesta de sol. El decorado artificial quizá deba ser el precio a pagar por la presencia de turistas.

En el lavadero, un rincón que aparece en todas las guías de viaje, algunas señoras se dedicaba a limpiar la ropa mientras varios extranjeros asomados desde el puente que cruza el río las fotografiaban. Causaba un extraño dilema moral el asomarse como uno más atraído por el inenarrable magnetismo de sacar una buena foto, que no exclusiva.

Ésa sensación la he tenido en Colombia en varias ocasiones, uno siente cierta repulsa del turismo de masas quizá porque quiere, con cierto deseo de exclusividad, que los rincones sigan siendo lo más parecidos a como eran originalmente. Sin embargo, al tiempo uno contribuye a desnaturalizar el lugar como una hormiga más del ejército de turistas de clase media que quieren disfrutar de nuevas experiencias y culturas, uno es un guijarro más que unido a otros miles va modificando el curso del río de las costumbres locales. Al final todos volvemos al salón del albergue o del hotel a narrar lo descubierto mientras miramos los ordenadores del resto de huéspedes con desconfianza.

Creo que por eso siempre he sentido envidia de los cronistas de Indias, de aquellas personas que formaban parte de las primeras expediciones españolas a América y cuyo único oficio era contar a los peninsulares el continente que estaban descubriendo a Occidente.

Con estas reflexiones termino las crónicas de este viaje relámpago a Marruecos. Queda poco por contar, al día siguiente compramos artesanías en la carretera, atravesamos la frontera por Ceuta y cogimos el ferry para cruzar el Estrecho. En Algeciras nos esperaban las autopistas para atravesar a toda velocidad el Sur de España y regresar a casa.

Datos de interés:

Hotel Goa
Noche por persona: 60 Dirham
Puede verse un cartel indicador frente a la puerta de la medina conocida como el Bab el Souk.

En la plaza que hay frente a la puerta están el Bar Los Amigos y la tienda de Habib, ambos muy recomendables.

01 febrero 2012

Tercer día, callejeando por la ciudad imperial II



En la entrada anterior me quedé narrando la mañana de nuestro día en Fez. Después de varias horas recorriendo con prisas y sin apenas pausa la ruidosa medina vieja –Fez el Bali-, la última misión de Mohamed fue dejarnos en el restaurante de unos conocidos. Si bien el lugar no era demasiado económico para los precios que sabíamos que podríamos encontrar, el hambre apremiaba y no queríamos empezar la búsqueda de un nuevo sitio y el debate de rigor para escoger el que más nos convenciera a la mayoría. También es cierto que la terraza terminó de decidirnos. Desde la cuarta planta del edificio, que ocupa por completo el negocio, podíamos contemplar toda la ciudad: sus tejados repletos de antenas –omnipresentes en el tercer mundo… hay que huir de la cruda realidad-, las antiguas murallas, unas montañas que recordaban a Granada, la ropa tendida y las callejas formadas por edificios apretados unos contra otros.

Por un momento, el cielo completamente azul y la luz nos transportaron a casa. No había cambiado el tiempo en toda la mañana pero las calles estrechas no están hechas para contemplar el horizonte sino para resguardar del sol intenso del verano, como en las zonas antiguas de las ciudades y pueblos del sur de España.

Aquella terraza alejada del ajetreo de la medina nos pareció el lugar perfecto para reponer fuerzas antes de adentrarnos, esta vez sin compañía, por aquel mundo tan familiar y desconocido a un tiempo. Entre un par de tés morunos y el correspondiente olor a hierbabuena, saboreando cus cús, tajine y ensaladas, quizá lo más llamativo fue escuchar la llamada a la oración en una población plagada de mezquitas. En un par de ocasiones, como una ola sonora, los rezos fueron extendiéndose por la ciudad vieja hasta convertirse en un solo murmullo gutural, generando una atmósfera irreal.

Bien comidos y descansados emprendimos de nuevo camino. El objetivo que nos marcamos fue llegar al antiguo barrio judio –conocido como el Mellah– orientándonos intuitivamente. Y avanzamos de nuevo entre tenderetes de todo tipo, niños corriendo por todas partes y puestos de artesanos, como los de la Plaza Seffarine, en la que los caldereros trabajan el cobre rojo. De vez en cuando una mezquita, de vez en cuando el cartel de un hamman, y tras varias calles una fuente o un anchurón formando una pequeña plaza[1]. Así, casi sin darnos cuenta, llegamos a una amplia plaza junto a las murallas en las que termina por el sur Fez el Bali, un espacio que nos recordó aliviados que el mundo era algo más que laberínticas calles.

A partir de ahí, fuera de la zona más turística, caminamos por un Fez cotidiano. Jóvenes saliendo del instituto o de centros de formación profesional, otros jugando al fútbol –siempre el fútbol en cualquier parte del mundo–, señoras con el carro de la compra y puestos en los que se cocinaba carne entre grandes bocanadas de humo nos mostraban el verdadero pulso de la ciudad. También nos cruzamos con un río contaminado que delataba lo que hay detrás de las grandes aglomeraciones urbanas de los países pobres –no tan diferente del río Segura de hace quince años– y con un Mac Donalds que hacía un guiño al mundo árabe ofreciendo pan pita y hamburguesas de cordero.

Antes de entrar en el Barrio Judío, construido fuera de la muralla y cuyos balcones de madera gritaban que otra cultura había levantado sus edificios, nos desviamos para pasear por la medina nueva o Fez el Jedid –si algo del siglo XIII puede serlo– y comprar dulces. Las abejas entre las pequeñas delicias de pistacho, miel y dátiles en lugar de espantarnos parecían certificarnos que merecía la pena probar una nutrida selección.

Allí tuvo lugar una escena sencilla que daba qué pensar. Una niña de unos ochos años que volvía de la escuela y seguía nuestro mismo camino empezó a conversarnos sonriente. Resulta al menos llamativo que en una Europa en la que alardeamos de la seguridad de nuestras calles cada vez sean menos los padres que dejan a sus hijos salir a jugar sin compañía adulta, mientras que en los poco iluminados barrios de Fez, que para muchos podrían ser sinónimo de riesgo, los niños se muevan tranquilos y a sus anchas correteando de un lado para otro.

De nuevo en la zona hebrea, abandonada hace décadas por sus pobladores originales, nos dirigimos a la antigua sinagoga. Nos resultó paradójico que fuera una familia musulmana la que se encargara de conservarla y mostrársela a los curiosos que se acercan por allí. Una de las hijas nos contó en inglés los curiosos rituales que tenían lugar en su interior hace décadas, como el baño de purificación de las mujeres. En un pequeño habitáculo bajo la sala principal se bañaban algunas mientras a través de una falsa losa levantada para la ocasión contemplaban la escena el resto. Quién diría que en un templo como ese pudieran darse situaciones con un punto tan “voyeur”…

De vuelta al hotel paramos a echar unas fotos frente al Palacio Real. En este imponente edificio del siglo XIV, entre azulejos geométricos verdes y azules –los colores del Islam- y puertas de bronce, se usa la ostentación más descarada para legitimar el poder.

Para terminar el día, nos tomamos otro té en la terraza de un salón social lleno solo de hombres en los que el fútbol una vez más –en este caso el Barça– era el protagonista.



[1] Todo barrio árabe que se precie dispone de mezquita, hamman –o baño-, fuente, horno y escuela.

20 enero 2012

Tercer día en Marruecos, callejeando por la ciudad imperial I


A Fez habíamos llegado ya con muchas historias de familiares y amigos convertidas, después de mucho conversarlas, en prejuicios y fantasmas. Todas coincidían en un aspecto: como se trata de una de las ciudades más conocidas de Marruecos, muchos de los habitantes de las zonas más visitadas basan su economía en lo que pueden sacar de una manera o de otra de los turistas, por lo que los vendedores y guías, ya de por sí insistentes en cualquier lugar, se muestren aquí especialmente pertinaces –por no decir “cansinos”– a la hora de ofrecer sus productos o servicios. 

Quizá esa fue una de las razones que nos hizo inclinarnos por contratar a un guía para adentrarnos en la medina y que nos llevara, al menos por la mañana, por los lugares más curiosos de unas calles –más de 9.400– que ya en los mapas se nos antojaban un laberinto. Lo cierto es que no fue demasiado difícil dar con él. En cuanto pusimos un pie frente a Bad Boujloud, la puerta principal de la medina vieja, ya teníamos a Mohamed intentando convencernos de que no existía otra manera de visitar la ciudad más que siguiendo sus consejos.

Lo de menos fue que nos enseñara un carnet amarillento y raído que supuestamente le acreditaba como guía oficial, o que tras regatear sacáramos por 150 dirham sus servicios –apenas cuatro euros cada uno–; lo cierto es que de alguna manera a pesar de su insistencia nos inspiró confianza. Con cara de aburrimiento aguantó de mal humor que  nos apartáramos un momento para terminar de decidir entre los cuatro.

Una vez cerrado el trato, nuestro nuevo anfitrión temporal no permitió que le pagáramos por adelantado, advirtiéndonos que no debíamos ser tan confiados porque otra persona menos honesta que él podría haber aceptado y desaparecido con facilidad con el dinero. Unos momentos antes de empezar con la visita nos dio una serie de indicaciones como echar fotos directamente solo a quién él nos indicara explícitamente.

Dicho esto comenzamos una vertiginosa visita por Fez el Bali, la medina vieja. Y es que si las ciudades marroquíes se dividen normalmente en dos partes, la medina y la ciudad nueva –esta última diseñada en el siglo XX por los colonizadores europeos–, Fez, la más antigua de las ciudades imperiales, lo hace en tres: Fez el Bali, o la medina vieja; Fez el Jedid, llamada la nueva –lo que no debe llevar a engaño porque comenzó a levantarse en el siglo XIII–, y la Ville Nouvelle, construida ordenadamente por los franceses en el siglo XX.

Desde ese momento lo que más vimos de nuestro guía fue la espalda, rigurosamente tapada por una chilaba, mientras avanzaba seguro por calles y callejas y nos animaba a seguirlo presuroso. Eso no impidió que se detuviera en todos los puntos que consideraba de interés lanzando comentarios certeros como dagas que pretendían acabar con nuestra curiosidad para finalizar lo antes posible su trabajo sin incumplir el itinerario pactado. Tampoco dudaba en indicarnos los mejores ángulos para las fotografías, rompiendo de paso la ilusión de conseguir una perspectiva original de objetos y escenarios captados millones de veces por fotógrafos aficionados y profesionales.

“Una ciudad de colores, olores y sonidos”

Mohamed avanzaba delante de nosotros como una especie de buque rompehielos apartando con la mirada a los vendedores que desde lejos nos veían como una potencial fuente de ingresos. Así pasaron ante nuestros ojos miles de tenderetes clónicos, fuentes de azulejos, edificios polvorientos de vigas talladas magistralmente, calles por las que apenas cabría una persona de lado, hilos de colores, puertas de palacios que debían ocultar riquezas o decadencia, zocos de ropa para mujeres, de ropa vieja, tiendas especializadas en la venta de aceitunas… un deambular de vez en cuando interrumpido bruscamente por burros que atravesaban la calle sin bacilar tirados de sus dueños y transportando desde finas telas hasta bombonas de butano. Y es que en las estrechas calles de la medina no están permitidos los vehículos a motor.

La lista de curiosidades que nos ofrecía Fez el Bali era interminable: dentistas tradicionales que anunciaban sus servicios mediante vitrinas llenas de dentaduras postizas; escuelas infantiles en las que un extraño Mickey Mouse convertido al Islam anunciaba que en su interior se enseñaba a niños atentos los versos del Corán por mera repetición, o artesanos trabajando la madera, el mármol o el metal, algunos solitarios y ensimismados en su labor, otros rodeados de manadas de turistas pero intentando mantener a duras penas y con mirada de disgusto su intimidad. Todo circulaba vertiginoso, sazonado con nuevos olores y sonidos, difícil de ser asimilado.

Entre muchas otras, una escena que nos resultó bastante llamativa fue la que tenía lugar en la sala trasera de hammam o baño árabe. Pocas veces pensarán los aficionados a estas saunas que detrás del vapor relajante está el duro trabajo de alimentar continuamente con serrín unas viejas calderas.

Puede parecer extraño pero esas imágenes de la vida cotidiana dejan más huella en el visitante que los grandes monumentos que nadie se debería perder en una ciudad Patrimonio de la Humanidad que desde hace doce siglos es el corazón religioso y cultural de Marruecos. La Madrasa Bou Inania, pomposa y recargada; el curioso Reloj de Agua con un indescifrable mecanismo que marcaba puntualmente las horas en el siglo XIV; el Mausoleo de Moulay Idriss II, o la Mezquita y la Universidad Karauiyin, que con sus catorce puertas y dieciséis naves forman el centro de educación superior más antiguo del occidente mediterráneo, maravillan en su momento pero se entremezclan entre sí en el recuerdo.

Quizá algunas de estos lugares no se luzcan demasiado porque, a diferencia de lo que sucede en otros países musulmanes y turísticos como Turquía, en la mayoría de los centros de culto de Marruecos no está permitido el paso las personas que no profesen esta religión, por lo que los turistas tienen que conformarse con fotografiar el interior desde la puerta. A pesar de eso pudimos contemplar en algún caso el ritual de la ablución, la ceremonia por la cual antes de orar los fieles deben lavarse para purificarse, y por este orden, muñecas, boca, nariz, cara, brazos, cabeza, orejas y pies.

Un momento agradable fue el percibir un cierto toque del sur de España al adentrarnos en el barrio andalusí. Levantado en el siglo IX por 20.000 familias que huían de una matanza llevada a cabo por un emir de Córdoba contra sus propios súbditos, lo primero que llama la atención de este lugar es que las casas, contradiciendo las costumbres del resto de la medina, se muestran extrovertidas con grandes ventanas que dan directamente a la calle, recordando el carácter andaluz.

Si en algún momento nuestro recorrido junto a –o tras– Mohamed se ralentizó fue pagando el tributo que ya nos habían advertido visitando dos tiendas con las que debía tener pactado un reparto de beneficios. No obstante no fue tiempo perdido, una era una antigua farmacia en la que nos mostraron todo tipo esencias, especias y plantas medicinales; la otra un telar artesanal.

Sobre turistas japoneses y curtidores tradicionales

Después de las compras de rigor, nos dirigimos al barrio de los curtidores de Eshouara, una de las estampas más conocidas de Fez. Si a veces las manadas de turistas de los viajes organizados siguiendo a sus guía hacían que nos sintiéramos en un parque temático, ésa sensación se acrecentó en una de las tiendas cuyos balcones dan a esta gigantesca curtiduría al aire libre donde decenas de hombres trabajan y tiñen el cuero metidos en cubetas de ladrillo de todos los colores. Parecía que las ventanas repletas de japoneses curiosos disparando una y otra vez sus cámaras digitales eran máquinas del tiempo desde las que contemplar una práctica que no ha debido variar mucho desde que estas factorías empezaran a funcionar en el siglo XVII:

“El proceso comienza con la llegada de un burro cargado de pieles de oveja, cordero, dromedario o camello a las puertas del Suq, donde los curtidores descargan la mercancía amontonando todos los pellejos en el recinto. El proceso es largo, pasando por varias etapas de las que se encargan los distintos operarios de la curtidería. Siguen utilizando los mismos métodos y procesos milenarios. Primero el trabajo de río, porque allí se curan las pieles, después se engrasan y se las da el color, terminando con el secado al sol sobre los tejados próximos.
El turista puede hacer un seguimiento completo del proceso desde las terrazas de algunas tenerías. Así veremos excavadas en el suelo pequeñas piscinas con sal donde se dejan las pieles aún con pelos, para prepararlas.
Después, tras exponerlas al sol, reciben 3 baños de cal para, seguidamente se les da más consistencia embadurnándolas con orina y excrementos de animal, y finalmente, se sumergen en las tintas dispuestas como una caja de colores, donde se tiñen todas las pieles”[1].

A pesar de todo, las medinas de Fez no son un parque temático; allí viven más de 300.000 personas que pasan su vida entre sus muros, y a poco que el visitante sale de los caminos indicados en las guías lo comprueba. Pero de eso ya hablaré en la segunda parte de esta crónica.  


[1] Información recogida de http://www.greturviajes.com

19 enero 2012

“Análisis y respuestas a la crisis económica desde la Ecología Política”, reseña de una conferencia de Florent Marcellesi en Murcia

Foto de la web:
 http://bilbaokulturlab.tumblr.com   

Aunque con bastante retraso, puesto que tuvo lugar el 27 de diciembre, incluyo en esta entrada una reseña de la charla que dio en Murcia el investigador, activista y político ecologista Florent Marcellesi. Como lo expuesto, que formó parte de los coloquios de Equo, no caduca, no creo que haya perdido ningún interés.

Nacido en Francia, Marecellesi forma parte de la Comisión Promotora de Equo -el nuevo partido verde español surgido de la alianza de pequeños partidos territoriales-, ha sido candidato de Los Verdes en las elecciones europeas de 2004 y, desde su creación, coordina el centro de recursos Ecopolítica, centrado en el estudio y formación de la Ecología Política.  

“Conjunto de ideas y valores que defienden la justicia social y ambiental, en el Sur y en el Norte, para hoy y para mañana”: en este tiempo en que parecen no estar de moda, Florent Marcellesi no tuvo ningún problema en comenzar así su charla, definiendo la Ecología Política como una ideología. Con ese mismo tono didáctico, explicó que mientras que la idea de autonomía política surgió en el siglo XVIII y la de solidaridad lo hizo con los movimientos obreros del XIX, la de responsabilidad –intergeneracional y Norte Sur- lo hizo en el XX y se ha convertido en uno de los pilares de esta corriente de pensamiento.

Al afrontar el problema de la crisis global o de civilización, destacó dos aspectos principalmente: una crisis de distribución y una de escasez. En relación con la primera, citó el desempleo, el que un 20% de la población española viva por debajo del umbral de la pobreza, los desequilibrios cada vez mayores entre capital y asalariados, y las horas de trabajo de las mujeres. En este sentido comentó que nos enfrentamos a una situación similar a la de los años treinta pero a la que hay que añadir una “nueva faceta” con la que no sirven las respuestas de siempre: la escasez.

“Esta nueva faceta” no sería otra cosa que la crisis ecológica. Para enfrentarse a ella el mejor instrumento ya no sería la economía tradicional sino la economía, asimismo, ecológica. En esta nueva ciencia la “economía es considerada una pequeña parte de una sociedad que a su vez está en la biosfera”.  En definitiva, en este caso citando a Jorge Riechmann, se trata de considerar que “el cambio de perspectiva esencial estriba en reconocer que el medio ambiente no forma parte de la economía, sino que la economía forma parte del medio ambiente. Son los subsistemas económicos humanos los que han de integrarse en el sistema ecológico englobante, y no al revés”[1].

Marcellesi explicó que la humanidad ha superado los límites biofísicos de la Tierra, hasta el punto de que “si todo el mundo viviera como los españoles necesitaríamos tres planetas”. Esto estaría desembocado en tres fenómenos principalmente: la cercanía al límite de las reservas de petróleo, el problema climático y la crisis alimentaria.

Citando al sociólogo y economista estadounidense Jeremy Rifkin, el ecologista francés recordó que la crisis de 2008 comenzó cuando el barril de petróleo alcanzó los 150 dólares. Ése aumento de los precios hizo que subieran los alimentos y que en Estados Unidos mucha gente dejara de pagar la hipoteca para mantener su estilo de vida en un sistema basado en el uso del coche privado. Tras la famosa crisis de las subprime “empezaría la caída de fichas de dominó”.

Siguiendo ese razonamiento, el factor detonante de la Primavera Árabe habría sido ese citado aumento del precio de los alimentos influido, además de por lo ya expuesto, por unas malas cosechas a causa del cambio climático, por la especulación y por el uso de alimentos básicos como agrocombustibles.


Hay salidas pero… ¿cuál escoger?

Ante esta situación Marcellesi apuntó la existencia de tres posibles caminos a seguir. El primero sería una salida pactada, es decir “por las buenas”; se entiende que se refería a la que aportaría la Ecología Política. La segunda salida sería el ecofascismo, y la tercera el colapso, es decir, el derrumbe de las instituciones sociales y políticas al estilo de la película Mad Max, a la que citó directamente. 

Sin profundizar en esto último, se centró en lo que llamó el “dilema del crecimiento”. Es decir, mientras que resulta insostenible que los sistemas económicos se basen en un aumento ilimitado de la producción y el consumo, puesto que hemos superado la capacidad biofísica del planeta, parece que por ahora la experiencia demuestra que decrecimiento conlleva recesión y el fin del sistema social que conocemos. No obstante, hasta el momento lo único que parece comprobado es que hasta 15.000 dólares per cápita hay una correlación entre aumento del Producto Interior Bruto e incremento del bienestar, pero que ésta desaparece al superar esa barrera.

Ésa es la razón, argumentó, “por la que buscamos construir otra sociedad, otro paradigma”, sin negar que la transición de un modelo tan complejo como el capitalista a otro alternativo sea una tarea “abrumadora”.

Sin embargo, esto último no fue un impedimento para que no terminara la charla sin apuntar hacia algunas vías posibles y necesarias para empezar el cambio:

1. Redefinir la riqueza como indicador. Debe ser un trabajo democrático el responder a preguntas como ¿qué buscamos? ¿para qué producimos? Se trata de redefinir entre todos la teoría económica.

Para profundizar en este punto recomendó el libro de Tim Jackson “Prosperidad sincrecimiento”

2. Relocalizar la economía mediante circuitos cortos de consumo y producción.

3. Repartir el trabajo, remunerado o no. Según Marcellesi, se estima que con 25 horas semanales se mantendría la producción y más personas podrían tener un empleo.

4. Inversión masiva en economía verde (New Deal Verde): agroecología, energías renovables…

5. Fiscalidad progresiva y verde: tasar los recursos.

6. Repensar el territorio y las ciudades en base a la economía solidaria.

7. Desmantelar la lógica del consumismo según la cual consumo genera producción que a su vez conlleva empleo y por tanto más consumo en un círculo vicioso. Habría que empezar por “atacar a la publicidad”.

Como eje vertebrador, añadió, sería fundamental contar una democracia deliberativa, participativa y verde, sin olvidar la solidaridad intergeneracional, Norte y Sur, e incluso entre especies, citadas al principio de la conferencia.

Por otro lado, después de los exiguos resultados de la reciente cumbre de Durban, apuntó que será necesario crear una sociedad resiliente, es decir capaz de adaptarse a la nuevas situaciones que conllevará “un cambio climático duro”. Será imprescindible por tanto una gran capacidad de cohesión frente al ecofascismo.

“No hay resignación ni fatalidad”

Los escasos resultados de Equo en las últimas elecciones generales, aún por debajo de sus propias previsiones más pesimistas, contribuyeron a que durante el debate mantenido tras la intervención de Marcellesi calara un cierto aire derrotista entre los participantes. En este sentido, el político verde alentó a los asistentes: “No hay resignación ni fatalidad”.

Se mostró convencido de que el cambio es una tarea posible siempre y cuando se intente entrar en las instituciones. “Es necesario que la gente se autoorganice –mediante huertos urbanos, grupos de consumo…- pero no suficiente”, añadió.

Precisamente porque “estamos cogiendo el camino inverso”, hay que empezar una lucha mayor que debe “enredar” a una parte de la sociedad lo más amplia posible: movimientos sociales, movimientos políticos como el 15M y sindicatos, entre otros actores, continuó.

“Hay que ser más optimistas porque alternativas hay muchas. El 15M puede ser como el 68, de donde surge la Ecología Política, puede dar lugar a movimientos paralelos”. En este sentido, recordó el 15O y los indignados climáticos, ambos una fusión de movimientos democráticos, de justicia social y ambientales.

“Jugamos a nivel intergeneracional, quizá estamos plantando la semilla de algo que surja en 50 o 100 años porque se trata de un cambio sistémico. La educación –dijo en respuesta al comentario de uno de los asistentes- es fundamental en ese cambio de paradigma”.

La postura de los partidos verdes, continuó, es la del reformismo radical, es decir, se busca un objetivo radical pero dentro de este mundo. “Otro mundo es posible pero se encuentra en este”, añadió citando al poeta francés Paul Éluard.

Ante la pregunta “¿cómo podría distinguirse la praxis política de un partido verde a nivel barrial de una praxis tradicional de izquierda?”, Marecellesi apuntó algunas ideas defendidas desde Equo en las elecciones generales, por ejemplo que el crecimiento es parte de la ideología de base de la izquierda. En relación con la praxis concreta, habló de la falta de democracia interna en los partidos clásicos de izquierda y, citando con toda la intención a Inés Sabanés –antigua diputada de Izquierda Unida en la Asamblea de Madrid y candidata en las últimas elecciones como número dos a esta comunidad por Equo-, dijo que “las formas son fondo”.

Siguiendo ese mismo razonamiento recordó que en algunos partidos verdes europeos el 20% del parlamento se sortea entre los militantes de base. “Más que un partido clásico somos un partido red. Somos una pequeña parte de la sociedad”, añadió al respecto dando por concluida la conferencia.



[1] Jorge Riechmann. ¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación.

13 enero 2012

Esperando la primavera en un año sin invierno


Salgo de casa a caminar por la ciudad. No tengo prisa, nadie me espera en ningún sitio; tampoco tengo obligaciones más allá de las que me imponga por darle un sentido al día, así que puedo recorrer las calles tranquilamente, fijándome en los detalles. Casi sin darme cuenta, en un momento llego al río y lo cruzo como tantas veces he hecho.

Reconozco el ritmo lento, a veces demasiado lento, de Murcia. Con la que está cayendo y nada inmuta a mis paisanos que una ocasión tras otra se empeñan en depositar su confianza en los que ya parecen los de siempre. Con la que está cayendo y la tienda de cafés de lujo de una conocida marca junto al Teatro Romea está repleta de gente que parece pensar que lo más importante en el día a día es aparentar "glamour" hasta en la bebida caliente de las mañanas. Por cierto que el teatro sigue cerrado y a nadie le preocupa, a nadie salvo a los luchadores de causas imposibles; a los que se desgañitan un día tras otro intentando rasgar el velo que oculta la realidad.

No me detengo, las calles me llaman, quiero reconocer viejos rincones en los que fui feliz. A mi paso por Alfonso X me cruzo con señoronas bien vestidas que se saben las dueñas de este tiempo, su discurso de cotorras repasa las noticias de la jornada con agrado, hicieron bien especulando con aquellos pisos en el centro y vendiendo parcelas de huerta; ahora solo hay que esperar a que vuelvan los “buenos momentos” para hacer mejores negocios. Quién iba a decir que el siglo veintiuno iba a ser de los mismos que se adueñaron del veinte.

Lo peor de todo es que estas señoras encarnan el espíritu de este trozo de tierra reseca junto al Mediterráneo. El que más y el que menos sacó tajada ayudando a deformar el paisaje por unos euros para invertir en coches de lujo, segundas viviendas y frivolidad. Mientras, los luchadores de causas imposibles, que analizaban con ojo crítico y certero la realidad, eran tachados de cuervos oscuros, de pesimistas incorregibles.

Miro indiscreto a los cafés y bares, parece que no ha pasado nada en los últimos años, que el paro no afecta a una parte importante de la población, que no corren peligro la sanidad y la enseñanza públicas, que nuestro futuro no depende de decisiones de personajes indeseables respondiendo a sus corredores de bolsa desde sus hamacas en Dubai o las Islas Caimán, que miles de familias no se están quedando sin hogar… No sé si es ignorancia voluntaria, la negación inicial de una sociedad ante una enfermedad que puede volverse crónica; quizá no, quizá sea ignorancia real, nunca se nos dio muy bien informarnos en la región, lo delata nuestro bajo índice de lectura de prensa, y en todo caso aquí arrasa una omnipresente prensa local antiguo ariete de la Iglesia, hoy día bastión de las posturas más conservadoras.

Mientras me cuelo por las callejas que rodean la Plaza de las Flores, tan bonita como siempre, sonriente y reluciente como una miss recién elegida, también así de boba y ajena a lo que sucede alrededor, me asalta la duda: ¿o será la complicidad lo que mueve a la mayoría de los murcianos? Si algunos alcaldes han ganado con mayorías aún más aplastantes después de ser descubierta su implicación en casos de corrupción, ¿no será que entonces despertaban admiración en una parte importante de sus vecinos? Quizá esta sociedad aletargada y autocomplaciente, entre marinera y Estrella de Levante, riendo entre olivas y pasteles de carne ha decidido vender su alma por hacerse con coches de gran cilindrada a costa entregar la parcela del abuelo. Y qué bien nos ha venido ese marrullero convenio urbanístico, más tarde declarado ilegal, para sacar “aún más perras”. Claro que también vendimos el espíritu de nuestros mayores y su modo de mirar el mundo, y muchos jóvenes dejaron los estudios para construir el chalet de sus adultos y de paso perder la oportunidad de cultivar una conciencia crítica, cambiando la formación por el dinero fácil. 

Ya de vuelta a casa paso por la Glorieta. La luz brilla en los chorros de agua de sus fuentes y varias personas conversan en los bancos mirando al Ayuntamiento. El ritmo lento de esta ciudad roza lo inquietante. Ni siquiera tiene que ver con un pasado moruno como nos decían en la escuela porque las medinas árabes son ruidosas y ajetreadas, en ellas se negocia y regatea. Murcia en cambio parece adormecida, indiferente a todo.

Este año ni siquiera el otoño ha encontrado fuerzas para marcharse y los árboles del Floridablanca, ya en el barrio, parecen desconcertados con las hojas doradas aún agarradas a sus ramas. La calle está tan tranquila como lo estará el nuevo aeropuerto sin aviones, ése en el que se han invertido millones de euros que podrían haber servido para mantener servicios sociales que parece que tardarán mucho en volver. Pero no pasa nada, la  mayoría no romperá la calma hasta que no sienta afectado directamente su bolsillo, no por solidaridad, no por rebeldía.

Atravesando el portal, por el pasillo camino de mi habitación, espero que este otoño, el del triunfo de lo rancio, no dure para siempre, que si no lo quiere hacer este año el invierno, que al menos regresen temprano la primavera y las pancartas y la lucha indignada zarandeando esta sociedad, intentando una vez más romper dignamente el letargo. 

Segundo día, adentrándonos en las entrañas del Atlas Medio


Nuestros teléfonos móviles sonaron varias veces aquella mañana para despertarnos pero ninguno de nosotros se movió más que para apagarlos y seguir durmiendo. Después de la mala noche que habíamos pasado en el ferry, la habitación cuádruple del hotel Dauphine nos pareció una suite de lujo y nos costaba apartar las sábanas y ponernos en pie, así que la jornada comenzó una hora después de lo previsto.

Por lo rápido que nos dirigimos a la confitería más cercana, que ya habíamos visitado la tarde anterior, parecía que nos movía más el probar los baratísimos dulces marroquíes –algunos hechos imitando el estilo de los colonizadores franceses- que el adentrarnos en el parque nacional Tazzeka.

Con el hambre calmada y una vez en el coche no nos costó demasiado orientarnos y adentrarnos en este paraje natural. Allí nos esperaban paisajes salpicados de lentiscos, robles, encinas, alcornoques y sabinas que nos harían sentir como en casa. Pero también al final del día formaciones de cedros, una conífera de gran tamaño que se empeñaba en recordarnos que estábamos en el norte de África, en las primeras estribaciones del Atlas Medio, el comienzo de las cordilleras que marcan Marruecos de Norte a Sur.

A lo largo del camino encontramos las cascadas de Ras el Ued, pastores y pequeñas aldeas llenas de niños correteando por todas partes en los que las casas de adobe parecían salir de la tierra para rodear mezquitas que destacaban por el blanco del encalado. Contrastando con la religiosidad que evocaban los alminares apuntando al cielo, siempre dispuestos para llamar a la oración, en uno de los miradores en los que paramos nos sorprendió descubrir decenas de botellas de cerveza vacías esparcidas por el suelo. Prohibida por el Islam la ingesta de alcohol parece ser un vicio oculto que se practica en secreto en Marruecos.

Siguiendo la ruta prevista, a lo largo del camino, nos cruzamos con más niños todavía: cuidando el ganado, jugando al fútbol en las afueras de las aldeas e incluso pidiéndonos algún regalo con la mirada cuando nos deteníamos a hacer alguna foto. El campo marroquí, ese día bañado por un sol solitario en un cielo sin nubes, es joven como debía serlo el campo español hace cincuenta años.

Pero lo más llamativo del día no tuvo lugar a la luz de ese sol sino bajo la superficie. La composición calcárea de la roca, como sucede en la Sierra del Segura, forma en este macizo un paisaje kárstico propicio para la presencia de grandes grutas. Aunque al parecer hay otras que resultan más entretenidas para los aficionados a la espeleología, para los turistas están bien adecuados los primeros tres kilómetros de la sima del Friouato. En el recorrido semicircular que surca el parque nos la encontramos señalizada a la derecha a los pocos kilómetros de comenzar una gran llanura.

Como la zona está muy poco poblada nos sorprendió que frente a la entrada de la cueva hubiera un pequeño centro de información turística coronado por una humilde cafetería con terraza. Allí pudimos contratar por unos pocos dirham a un guía que nos acompañó por las entrañas de la tierra.

El comienzo del itinerario resulta muy curioso porque, tras atravesar una puerta que parece no llevar a ningún lado, empieza a bajarse por una escalera de piedra hasta salir a una gran cavidad. Desde allí se veía un camino repleto de escalones hasta el fondo –quinientos según nos dijo el guía, quinientos cuatro según Mariano- a través de una gran sima que podía tener unos doscientos metros de profundidad y por cuya abertura entraba ya lejana la luz del sol sobre nuestras cabezas. Tras bajar el largo trayecto zigzagueante se llegaba a un agujero estrecho por el que había que reptar y que ocultaba las grandes salas que íbamos a encontrar al otro lado.

Durante los tres kilómetros de estalactitas, estalagmitas, paredes goteantes y charcas subterráneas fuimos conociendo los secretos de aquellas profundidades en un curioso diálogo con nuestro anfitrión en el que parecía no tener demasiada importancia no hablar el mismo idioma. Algunas estancias se asemejaban a naves centrales de originales catedrales góticas con extrañas formaciones que incluso parecían imitar órganos de tubos, y nos pareció ver, entre las sombras que originaba la luz de las linternas contra las paredes, caballos, dragones e incluso tartas de cumpleaños. Según nos comentó el guía, algunas salas podían tener hasta setenta metros de altura por lo que uno podía imaginarse tres cuartas partes de torre de la catedral de Murcia levantadas en su interior.

Aunque el camino no resultaba demasiado difícil, para completar la visita en algunos momentos nos tocó hacer equilibrios sobre tablones para atravesar los lugares más encharcados. Pero sin duda la experiencia mereció la pena.

A la salida, tras remontar los quinientos escalones de rigor –o quinientos cuatro-, nos repusimos con un té moruno en la terraza, curiosamente con reggaeton sonando en una vieja radio. De vuelta al coche terminamos el recorrido por el parque nacional, no sin antes parar en una de las curvas de la carretera para contemplar tranquilamente la nieve en algunas de las cumbres que se adentran aún más en el Atlas. Después vino de nuevo la autopista que retomaríamos para pasar esa noche en Fez.

Llegar a esta ciudad considerada centro religioso y cultural de Marruecos fue para nosotros como adentrarnos en un mundo distinto. Como era tarde decidimos buscar uno de los hoteles baratos que señalaba la guía en una de las grandes avenidas de la ciudad nueva en lugar de adentrarnos por las callejas de la medina. Al final ni fue tan sencillo encontrarlo como pensábamos ni era tan barato así que en su lugar subimos de categoría y, cansados de dar vueltas, nos alojamos en el hotel Sofía. Sus cuatro estrellas no eran equivalentes a las que hubiéramos encontrado en España pero afortunadamente el precio tampoco. Por poco más de diez euros cada uno, nos alojamos en dos habitaciones dobles bastante cómodas.

En cuanto al ambiente que se respiraba aquella noche en la Ville Nouvelle, la parte de la ciudad que los franceses construyeron durante el protectorado imitando los bulevares y grandes avenidas ordenadas de sus ciudades, este distaba mucho de lo que al día siguiente nos encontraríamos en la medina. Mujeres con vaqueros y sin velo, y parejas de novios en los bancos, nos mostraban una vez más que cualquier ciudad esconde muchas otras en su interior. Eso sí, lo los salones de té se encontraban como siempre repletos únicamente de hombres.

Aquella noche disfrutamos como nunca de una cerveza en un bar de hotel que entre humo y personas solitarias en la barra parecía evocar películas de espías e intriga en la Segunda Guerra Mundial.

Información útil:

Parque Nacional Tazzeka.
Lo mejor es seguir la carretera local S311, que parte de Taza
y que regresa, después de completar un semicírculo, a la autopista
de Fez.

Hotel Sofía.
Avenida Hassan II. Fez.
Precio de dos habitaciones dobles: 500 dirham.
(45 euros en total, 11 euros por persona aproximadamente).

09 enero 2012

Primer día en Marruecos, atravesando el espejo

Después de cinco días viajando por Marruecos no sé ni por dónde empezar esta pequeña crónica. Es la segunda vez que me adentro en este país y en lugar de darlo por visitado y tachado en el mapa, como me sucede con otros lugares, cada visita hace que me apetezca aún más planear la siguiente.

Lo cierto es que ésta en particular no fue organizada con demasiada antelación. El día anterior al viaje no habíamos decidido todavía, entre los cuatro amigos que participaríamos, si cruzar el estrecho por Melilla o por Ceuta y nuestra principal discusión era si hacer un viaje de naturaleza o cultural. Al final, después de indagar sobre varias opciones, y ante la falta de acuerdo, nos dimos a la improvisación; ayudados, eso sí, por una guía de viaje y un mapa de carreteras que Jose acertadamente compró por su cuenta.

El mismo uno de enero, turnándonos al volante para acostumbrarnos a la conducción del coche de Juan, salimos para llegar justo a tiempo a Almería para coger el ferry de Melilla de las once y media.

Después de recorrer el barco por dentro y ver perderse desde la cubierta las luces de la alcazaba de la ciudad andaluza, que se alejaba como una promesa de lo que nos esperaba, nos metimos en el camarote para discutir una vez más cuál podía ser nuestro primer destino. Entre las posibilidades barajábamos el bajar directamente hasta el desierto y alojarnos en el albergue la Baraka, el pasar el día siguiente en Alhucemas y recorrer con tranquilidad el Rif, o el acercarnos a Fez y conocer sus alrededores. Para no perder la costumbre nos acostamos sin una decisión. Esa noche maldormimos acunados por los inquietantes balanceos del ferry.

Por la mañana nos despertó un mensaje por megafonía con suficiente antelación como para contemplar la llegada a Melilla y un amanecer repleto de azules desde la misma cubierta desde donde habíamos visto alejarse la Península. A nuestro alrededor algunos marroquíes miraban con anhelo aproximarse las murallas de la Ciudad Vieja, quizá pensando que no deja de ser paradójico que una alcazaba árabe sea la última imagen de Europa y una fortaleza cristiana la primera de África.

Una vez en la ciudad autónoma nos encontramos con la hermana de Juan y su pareja, quienes nos dieron algunos consejos útiles para movernos por Marruecos. También compramos agua y, después de intentar cambiar euros por dirham en varios bancos, conseguimos moneda local en un comercio muy conocido en la zona que hace las veces de casa de cambio. Fue curioso comprobar cómo entre frutas y cajas de detergente surgían como por arte de magia fajos de billetes marroquíes.

Cumplida esa parte del protocolo del viajero, nos dirigimos a la frontera, un lugar aparentemente desordenado donde se recrean todas las ideas preconcebidas almacenadas en la imaginación durante años. Es en esta tierra de nadie donde los tópicos cobran vida y se reproducen una y otra vez en escenas que parecen cotidianas para marroquíes y melillenses pero que impactan al que llega por primera vez. Mantas en el suelo ofreciendo cualquier cosa vendible, personas cargadas de bolsas con productos que difícilmente se encuentran al otro lado de la valla, camiones repletos de personas hasta lo inimaginable, basura por todos lados, coches adelantándose entre sí con extrañas maniobras y pitidos espontáneos e individuos que ofrecen los documentos de extranjería a cambio de dinero. Todo sucede muy rápido, todo es estridente.

Afortunadamente sería lo más caótico a lo que nos enfrentaríamos en toda nuestra estancia en Marruecos, así que una vez superada la prueba en cierto modo pudimos relajarnos. Antes, mientras nos acostumbrábamos al tráfico sin normas escritas de los países árabes, decidimos por fin que nos dirigiríamos a Fez. A lo primero nos ayudó que Juan condujera un todoterreno capaz de intimidar hasta a los mismísimos taxistas, a lo segundo un pacto tácito para combinar cultura y naturaleza.

De camino a Fez nos adentramos por la Plaine de Gareb, una seca llanura interior en la que se alternaban junto a la carretera campos de cereal, olivos y matorrales que nos recordaban que no habíamos salido del Mediterráneo. De hecho, esa fue una sensación que nos acompañó todo el viaje; al menos geológica y biológicamente el norte de Marruecos es una especie de imagen especular de la Península Ibérica. En definitiva la cordillera del Rif, que atraviesa gran parte de esta zona del país vecino, no es otra cosa que una continuación de la Cordillera Penibética. Es decir, el sur de España y el norte de Marruecos, aunque separados por el estrecho de Gibraltar, están marcados por la misma formación geológica. De hecho, de confirmarnos esto último se encargaba Mariano que, aficionado a la montaña, no dejaba de identificar paisajes idénticos a rincones que ha recorrido en Andalucía.

Cuando el hambre ya no nos dejaba alternativa paramos en Hassi-Ouenzga, en realidad un montón de casas rodeando la carretera. Allí comimos en el primer lugar que encontramos. Como la zona no es muy turística las personas que nos atendieron no hablaban ni español ni francés así que tuvimos que arreglárnoslas señalando en el fuego lo que nos apetecía comer. Además del tajín, el té moruno y el pan marroquí, la simpatía de los dueños del local –un hombre y una mujer- nos dejó un buen sabor de boca. También ayudó el que la muchacha, siempre risueña, quisiera enseñarnos algunas palabras en árabe señalando las fotografías de nuestra guía de viaje.

Esto último nos sirvió para ser conscientes, por primera vez a través del lenguaje, de lo que nos hemos influido mutuamente durante siglos de conquistas y comercio los vecinos de las dos orillas del Estrecho. En este sentido, nos sorprendió que la palabra “carro” se utilizara en ambos idiomas –luego he leído que es una palabra del árabe marroquí importada del castellano- o que el “ouad”, que ya habíamos leído en varios carteles para señalar los ríos, fuera el origen del “guad” que antecede al nombre de los ríos del sur de España.

Y cada vez más orgullosos del viaje emprendido continuamos por la carretera atravesando la llanura solitaria… solitaria hasta que una imagen nos hizo pensar por un instante que todo había sido una alucinación o un buen sueño. En medio de la nada, sin ciudades ni chalets, nos cruzamos con una modernísima autopista que no aparecía en nuestro mapa de carreteras. Tan moderna que por un momento nos sentimos de nuevo en el Valle del Guadalentín saliendo de Murcia camino de Almería. El paisaje era exactamente el mismo, la carretera idéntica.

Sabiendo que quedaba aún un buen trecho hasta Fez, pensamos que lo mejor sería parar a pasar la noche en una ciudad más cercana pero antes nos desviamos del camino para visitar una vieja kasbah señalada por un cartel en plena autopista. Las kasbah o alcazabas no son otra cosa que recintos fortificados en los que se resguardaban en otro tiempo guarniciones militares; de eso sabemos en España por las que todavía coronan las montañas de Málaga o Almería, incluso en Murcia por los restos de muralla de la que defendía Cartagena rodeando el Parque Torres. En este caso, en estado de ruina, la kasbah había sido aprovechada para levantar en su interior viviendas. Aunque muchas estaban abandonadas y ya no se mantenían en pie, en otras las antenas parabólicas indicaban que quedaban algunas familias habitando entre pedazos de murallas y piedras centenarias.

Como el día había sido largo y empezábamos a estar cansados pasamos poco tiempo más en la carretera y paramos para buscar un lugar donde dormir en la ciudad de Taza. Allí encontramos el hotel Dauphine. Quizá no fuera el mejor alojamiento del mundo pero el precio era muy asequible y, tal y como nos dijimos al día siguiente, a todos nos pareció pasar la mejor noche posible.

No obstante, y aunque ya había anochecido, antes de dormir fuimos a dar una vuelta por la medina, el barrio antiguo de toda ciudad árabe que se precie. Quizá uno de los mayores intereses de Taza es precisamente que al no tener ningún interés en particular no es un foco de atracción turística, por lo que su medina y su zoco mantienen un aire genuino en el que el ajetreo es el de los propios comerciantes y habitantes de la zona y no el de los turistas. Este aspecto también se nota en los precios, mucho menores que los que nos encontraríamos más tarde en Fez.

Allí nos empezamos a acostumbrar a las miradas recelosas de algunos marroquíes que prefieren no salir ni de lejos en las fotografías de los visitantes, a caminar por calles estrechas y poco iluminadas, a los olores y colores de las especias, a los corderos colgando sin piel en las carnicerías, a las decenas de peluquerías abiertas hasta tarde, a las mezquitas vetadas a los occidentales pero con las puertas abiertas invitando a curiosear desde fuera o a las teterías repletas solo de hombres.

Ya nos habíamos acercado a la cultura árabe así que para mantener el equilibrio y contentar los intereses de los cuatro al día siguiente haríamos turismo de naturaleza adentrándonos en el cercano Parque Nacional Tazzeka, aunque de eso ya hablaré en otro post. 



Información útil:
Hotel Dauphine.
Tel: 0035 67 35 67
Place de L'Independence. Taza.
Precio habitación cuádruple: 450 DH (aprox 40 euros / 10 euros por persona). 


Ferry Almería-Melilla
Compañía: Acciona Transmediterránea
http://www.trasmediterranea.es
Precio aproximado por persona en camarote cuádruple: 41 euros.
Precio aproximado por vehículo: 105 euros.

28 diciembre 2011

La Ruta de Miller, caminando por la Sierra del Segura


En esta entrada incluyo las fotos que tomé hace unas semanas en la Sierra del Segura. Ésta, junto a las de Cazorla y Las Villas, forma el espacio protegido más extenso de España, acumulando figuras como la de Parque Natural, Reserva de la Biosfera y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA).

Además de por su gran valor biológico y cultural, la zona es interesante por los fenómenos y paisajes a los que da lugar la interacción entre el agua y la naturaleza caliza de sus rocas que, además de formar espectaculares cañones y gargantas, genera grandes depósitos subterráneos. Al encontrarse en un lugar en el que las precipitaciones son especialmente abundantes, la región almacena una gran reserva de agua en la que nacen dos de los ríos más importantes del sur de la península: el Segura y el Guadalquivir. 

El caso es que esta fue una excursión improvisada por un amigo el sábado por la tarde y llevada a la práctica el domingo por la mañana después de dormir en un camping cercano al punto de partida. Por el camino nos encontramos pastores y lugareños que amablemente nos indicaron la mejor manera de continuar nuestro camino. 

Lo peor fue soñar entre el frío con las migas que íbamos a comernos en el bar de Marchena, sobre todo después de haber visto limpiar una gran sartén a la salida de Miller, y encontrar el local cerrado. En su lugar tuvimos que conformarnos, prescindiendo un rato de unos guantes que se hacían imprescindibles, con el embutido que guardábamos en las mochilas y un poco de pan. 

Incluyo abajo la descripción y el mapa de la ruta, extraídos de la web Al trote cochinero.


Desde la escuela de Miller, retrocedemos unos metros para coger de frente el PR-a-99 que cruza el barrio de Triana y nos lleva hasta La Muela. Seguir la carretera asfaltada hasta Marchena. Antes de la entrada a Marchena, a la derecha existe un depósito de agua al que llega una toma de agua de un barranco cercano, que remontamos por senda hasta una balsa seca con unos tornajos de metal que enlaza con el PR-A-101, que seguimos unos minutos para abandonarlo cerca de la era empedrá. Desde aquí siguiendo dirección NE y tomando como referencia el Pico de Miller alcanzamos la era del Lastonar. El descenso se hace por el PR que nos deja de nuevo en Miller.



06 diciembre 2011

Fotos de una semana en Ámsterdam (y alrededores)

Fotos de una ciudad en que las escaleras de los albergues juveniles tienen más peldaños de madrugada que por el día... También de Brujas y de otros lugares de los alrededores.

30 noviembre 2011

Mientras el Gobierno indulta a banqueros en Murcia se pretende sancionar a ecologistas por una sentada pacífica


En este mundo al revés en el que vivimos, mientras el Gobierno en funciones se dedica a indultar banqueros como uno de sus últimos gestos antes de ceder el poder, en Murcia los ecologistas luchan en los tribunales por anular una sanción que la Autoridad Portuaria de Cartagena les impuso en 2009 por una protesta pacífica. 

Esta es la noticia al respecto publicada en el blog de Ecologistas en Acción. En realidad es solo una de las muchas acciones que se llevan a cabo desde las diferentes administraciones para disuadir la labor de este colectivos en un país que hace años que se ha entregado ciegamente al desarrollismo: 

Una imagen de la "temeraria" sentada. Fuente: VM Press.


Se ha celebrado la vista del juicio en el que Ecologistas en Acción pretende anular una sanción impuesta por la Autoridad Portuaria de Cartagena (APC), por una cuantía de casi 10.000€.

En la misma, a través de sus abogados, la asociación ha podido explicar por qué considera que la multa debe ser retirada:

1.- La APC es juez y parte en la sanción. La misma APC que promueve y tiene por proyecto estrella el Macropuerto del Gorguel contra el que se hacía esa acción, multa a l@s activistas, en lo que esta asociación entiende como una represalia por sacar al debate público los impactos de ese proyecto millonario (costaría unos 1.700 millones de €, de los cuales más de 500 serían públicos).

2.- La acción fue pacífica, breve y no provocó daños materiales, ni personales, y tampoco se impidió el uso de las instalaciones de la APC. Consistió en un cierre simbólico de la puerta principal del edificio y la colocación de unos carteles, fotos y la Bandera Negra otorgada por esta asociación. De hecho, la acción fué similar a otras acciones realizadas en edificios públicos de la Comunidad Autónoma, en las que no se llegó a denunciar ni sancionar a l@s activistas.

3.- La multa se basa en legislación pre-constitucional. El reglamento por el que se multa a los activistas deriva de una ley de los años 20, ya derogada, y no se ha adecuado a la legislación actual. De hecho, los argumentos que utiliza el reglamento son tan genéricos y peregrinos como la "vagancia" o "faltar a la moralidad", términos que nos recuerdan conocidas leyes de oscuros tiempos pretéritos..

4.- Viudes tiene un empeño tan grande en que ese proyecto se lleve a cabo en dicha ubicación, como grande es su desprecio a todo lo que venga de ámbitos ambientalistas o a cualquier valor natural. Por ejemplo, en una entrevista reciente, llamaba "El peluca" a Pedro García (director de ANSE y ecologista histórico de la región), o decía del Camachuelo trompetero que es un "gorrión africano que es una puta mierda" cuando es un ave considerada amenazada en la península ibérica y que está catalogada con la máxima categoría de protección que otorga la legislación europea.

Para los ecologistas es evidente que la APC no ha sido nada imparcial en este caso, y la sanción, además de injusta, es totalmente desproporcionada. Eso hace sospechar a la asociación de que se trata de una sanción con vocación de represalia e intimidatoria.

Como curiosidad del transcurso del juicio, destacar que la Abogada del Estado (la que defendía la postura de la APC) ha insistido en que la APC consideraba que la acción no era un hecho grave, y que por eso se impuso una "multa proporcional que es 60 veces inferior a la máxima".
Los ecologistas, en cambio, opinan que una multa de 1.000€ por persona, por una acción pacífica, simbólica, que ni causó daños ni lo pretendía, es totalmente desproporcionada.

Esta asociación espera y desea que las instituciones públicas avancen cada día más en su democratización y en el abandono de prácticas autoritarias y preconstitucionales.
Quienes ostentan un cargo público deberían tener en cuenta que su labor es representar a la ciudadanía, y defender el interés público, por lo que deben tender hacia una participación pública en la toma de decisiones.

Ecologistas en Acción Región Murciana agradece a tod@s l@s que les han apoyado, tanto particulares, como colectivos, y especialmente a quienes han podido acompañarles físicamente en el desarrollo de las dos vistas.

Para terminar, la asociación anuncia que ahora toca esperar a la emisión de la sentencia, que posiblemente tarde un par de meses, y que en su día anunciarán la decisión adoptada por el juez que instruye el caso.

La asociación ha querido aclarar, que sea cual sea el resultado, la lucha contra el Macropuerto de Contenedores en El Gorguel seguirá siendo igual de firme que hasta ahora, y que no darán ni un paso atrás, pese cualquier intento de represalia o intimidación.