22 junio 2009

Reflexiones en blog alta: sobre el decrecimiento

Hará un mes que terminé de leer En defensa del decrecimiento, un libro en el que Carlos Taibo -profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid- desgrana esta joven teoría que cada vez va consiguiendo más adeptos. Debo admitir que la idea en un principio me pareció utópica y difícil de llevar a la práctica, pero que conforme pasa el tiempo y conforme más reflexiono sobre el mundo que me rodea más factible y necesaria me parece.
De un modo resumido, lo que se defiende cuando se habla de decrecimiento es que el sistema capitalista, basado en el crecimiento económico constante y sin incluir los impactos ambientales en sus cálculos, ha llevado al mundo a una situación de colapso. No sólo el cambio climático, sino que también las grandes desigualdades entre el norte y el sur, entre unas generaciones y otras, hacen que el modelo económico hasta ahora imperante sea insostenible.
Como alternativa, en este caso Taibo, propone un decrecimiento controlado de la economía, es decir producir y consumir menos. Esta idea, que en un principio podría parecer disparatada, puede entenderse mejor si se incluye en la fórmula un cambio en los valores de los ciudadanos. Podríamos trabajar menos horas para que el empleo incluya a un mayor número de personas; claro, esto implicaría unos sueldos más bajos pero podríamos restarle importancia si, en lugar de basar la felicidad en adquirir bienes de consumo, nos centráramos nuevamente en disfrutar de la familia, los amigos o el ocio creativo. Siguiendo con esta explicación vaga y a vuelapluma, menos consumo supondría menos producción y por tanto menos emisiones de gases de efecto invernadero, y, en definitiva, menos impactos ambientales. También tendría un papel importante el consumo responsable, adquirir bienes producidos cerca del lugar en el que los compramos para evitar el enorme gasto energético que supone el trasladarlos de un lugar a otro, o aquellos en los que sepamos que es el productor y no el intermediario el que más se beneficia: es decir, consumo responsable y justo.
En una primera lectura pueden aparecer muchas incógnitas, al menos a mí me asaltaron, e imagino que muchas están aún sin resolver. ¿Pero no estamos leyendo todos los días en el periódico que al comprarse menos vehículos las empresas automovilísticas se “ven obligadas” –los sobresueldos de las juntas de administración merecerían un blog aparte- a despedir a sus trabajadores? ¿No es el consumo el que tira de la economía? Sí, y ése es el problema. Quizá podría desplazarse la producción de los bienes superficiales a los servicios que realmente mejoran la calidad de vida del ciudadano, como la sanidad o los servicios a los dependientes. ¿Qué nos aporta la ropa de marca? ¿Es imprescindible...?
El caso es que miro a mi alrededor y me parece que poca gente consigue realmente ser feliz sumida en la forma de vida a la que nos empuja la política del "consume hasta reventar". Me da la impresión de que el sistema capitalista-consumista, o aquellos que de una manera u otra lo manejan, están jugando con nosotros. Hoy recordé lo inocentes que me parecieron, cuando lo estudié en la escuela, los indígenas americanos cuando entregaban su oro a los conquistadores españoles a cambio de espejos y baratijas. Pero es que así actuamos hoy día los ciudadanos; estamos entregando nuestros parajes naturales, nuestro aire, nuestro planeta a las grandes fortunas a cambio de ocio fácil, de objetos superfluos que no nos hacen felices. No nos tenemos que ir muy lejos para comprenderlo, en el post anterior hablaba de la desaparición de la playa del Gorguel, en la mediterránea costa de Cartagena, por la construcción de un macropuerto industrial... es este sistema económico el que la hace desparecer. Más movimiento de mercancías en el capitalismo supone más riqueza pero también el que sean necesarias infraestructuras de mayores dimensiones.
Pero necesitamos un cambio estructural mayor, que incluya nuestra forma de movernos y de ver el mundo. Nos bombardean diariamente mensajes a través de los medios de comunicación, pero también en el autobús, el metro, en las calles... Hace unas semanas me pregunté quién iba a cambiar su nivel de vida –coche en la puerta, viaje a Acapulco, restaurantes…- por trabajar menos horas. El caso es que desde hace unos días la prensa no deja de recordarnos que la crisis pasará pero los sueldos para las nuevas generaciones no volverán a recuperarse, que desaparece la clase media, que probablemente el empleo tarde años en recuperarse…
Pues a mi generación precisamente le toca el cambio y ésta es la oportunidad. ¿Qué tenemos que perder? ¿Qué es lo que nos ofrecen? ¿Un sueldo de mierda para poder comprarnos la última consola del mercado? Parece que salvo los que consigan el sueño de convertirse en funcionarios –la única clase media que quedará… una clase media espejismo sostenida con los impuestos de quienes ya no tienen derechos laborales- el resto ya no podrá acceder a los sueldos ni a la estabilidad laboral de sus padres, o lo hará a costa de convertirse en carne de psiquiatra. Pues consumamos menos, busquemos otras formas de producción fuera del mercado, y quizá fuera de las ciudades...
Aquí quedan estas ideas, casi todas extraídas de uno u otro lugar, a las que tantas vueltas les doy últimamente. Sé que aún quedan muchos cabos por atar y por eso es necesario que cada vez sean más los ciudadanos conscientes de la necesidad de un cambio. Hace falta una ciudadanía más crítica que explore alternativas al sistemas, aún dentro del sistema.
Se puede consultar un número monográfico completo de la revista Ecología Política sobre este asunto en el siguiente enlace: Decrecimiento sostenible.

2 comentarios:

María Espinosa dijo...

Creo que la comunicación es una de las vías imprescindibles para avanzar en un camino tan urgido. Para que deje de ser utópico toca despertar conciencias, o al menos sembrar la duda, y para esto, estos cuestionamientos que planteas necesitan ser divulgados. Me gustó mucho tu entrada!

Carlos Egio dijo...

Como comento hay poco nuevo en la entrada, salvo quizá que en realidad nuestra generación tiene incluso menos que perder que la de nuestros padres (al menos en España eso parece) a la hora de intentar desembarazarse de una forma de vida caótica e insostenible. Sí, creo que es importante al menos sembrar la duda, como comentas. Actuar en consecuencia es lo realmente difícil, pero vayamos buscando entre todos una salida. Gracias por tu comentario María!