Después
de cinco días viajando por Marruecos no sé ni por dónde empezar esta pequeña
crónica. Es la segunda vez que me adentro en este país y en lugar de darlo por
visitado y tachado en el mapa, como me sucede con otros lugares, cada visita
hace que me apetezca aún más planear la siguiente.
Lo
cierto es que ésta en particular no fue organizada con demasiada antelación. El
día anterior al viaje no habíamos decidido todavía, entre los cuatro amigos que
participaríamos, si cruzar el estrecho por Melilla o por Ceuta y nuestra
principal discusión era si hacer un viaje de naturaleza o cultural. Al final,
después de indagar sobre varias opciones, y ante la falta de acuerdo, nos dimos
a la improvisación; ayudados, eso sí, por una guía de viaje y un mapa de
carreteras que Jose acertadamente compró por su cuenta.
El
mismo uno de enero, turnándonos al volante para acostumbrarnos a la conducción
del coche de Juan, salimos para llegar justo a tiempo a Almería para coger el
ferry de Melilla de las once y media.
Después
de recorrer el barco por dentro y ver perderse desde la cubierta las luces de
la alcazaba de la ciudad andaluza, que se alejaba como una promesa de lo que
nos esperaba, nos metimos en el camarote para discutir una vez más cuál podía
ser nuestro primer destino. Entre las posibilidades barajábamos el bajar
directamente hasta el desierto y alojarnos en el albergue la Baraka, el pasar
el día siguiente en Alhucemas y recorrer con tranquilidad el Rif, o el acercarnos
a Fez y conocer sus alrededores. Para no perder la costumbre nos acostamos sin
una decisión. Esa noche maldormimos acunados
por los inquietantes balanceos del ferry.
Por
la mañana nos despertó un mensaje por megafonía con suficiente antelación como
para contemplar la llegada a Melilla y un amanecer repleto de azules desde la misma cubierta
desde donde habíamos visto alejarse la Península. A nuestro alrededor algunos marroquíes
miraban con anhelo aproximarse las murallas de la Ciudad Vieja, quizá pensando
que no deja de ser paradójico que una alcazaba árabe sea la última imagen de
Europa y una fortaleza cristiana la primera de África.
Una
vez en la ciudad autónoma nos encontramos con la hermana de Juan y su pareja,
quienes nos dieron algunos consejos útiles para movernos por Marruecos. También
compramos agua y, después de intentar cambiar euros por dirham en varios
bancos, conseguimos moneda local en un comercio muy conocido en la zona que
hace las veces de casa de cambio. Fue curioso comprobar cómo entre frutas y
cajas de detergente surgían como por arte de magia fajos de billetes marroquíes.
Cumplida esa parte del protocolo del viajero, nos dirigimos a la frontera,
un lugar aparentemente desordenado donde se recrean todas las ideas
preconcebidas almacenadas en la imaginación durante años. Es en esta tierra de
nadie donde los tópicos cobran vida y se reproducen una y otra vez en escenas
que parecen cotidianas para marroquíes y melillenses pero que impactan al que
llega por primera vez. Mantas en el suelo ofreciendo cualquier cosa vendible,
personas cargadas de bolsas con productos que difícilmente se encuentran al otro
lado de la valla, camiones repletos de personas hasta lo inimaginable, basura
por todos lados, coches adelantándose entre sí con extrañas maniobras y pitidos
espontáneos e individuos que ofrecen los documentos de extranjería a cambio de
dinero. Todo sucede muy rápido, todo es estridente.
Afortunadamente
sería lo más caótico a lo que nos enfrentaríamos en toda nuestra estancia en
Marruecos, así que una vez superada la prueba en cierto modo pudimos relajarnos.
Antes, mientras nos acostumbrábamos al tráfico sin normas escritas de los
países árabes, decidimos por fin que nos dirigiríamos a Fez. A lo primero nos
ayudó que Juan condujera un todoterreno capaz de intimidar hasta a los
mismísimos taxistas, a lo segundo un pacto tácito para combinar cultura y
naturaleza.
De
camino a Fez nos adentramos por la Plaine de Gareb, una seca llanura interior
en la que se alternaban junto a la carretera campos de cereal, olivos y
matorrales que nos recordaban que no habíamos salido del Mediterráneo. De
hecho, esa fue una sensación que nos acompañó todo el viaje; al menos geológica
y biológicamente el norte de Marruecos es una especie de imagen especular de la
Península Ibérica. En definitiva la cordillera del Rif, que atraviesa gran
parte de esta zona del país vecino, no es otra cosa que una continuación de la
Cordillera Penibética. Es decir, el sur de España y el norte de Marruecos,
aunque separados por el estrecho de Gibraltar, están marcados por la misma
formación geológica. De hecho, de confirmarnos esto último se encargaba Mariano
que, aficionado a la montaña, no dejaba de identificar paisajes idénticos a rincones
que ha recorrido en Andalucía.
Cuando
el hambre ya no nos dejaba alternativa paramos en Hassi-Ouenzga, en realidad un
montón de casas rodeando la carretera. Allí comimos en el primer lugar que
encontramos. Como la zona no es muy turística las personas que nos atendieron
no hablaban ni español ni francés así que tuvimos que arreglárnoslas señalando
en el fuego lo que nos apetecía comer. Además del tajín, el té moruno y el pan
marroquí, la simpatía de los dueños del local –un hombre y una mujer- nos dejó
un buen sabor de boca. También ayudó el que la muchacha, siempre risueña, quisiera
enseñarnos algunas palabras en árabe señalando las fotografías de nuestra guía
de viaje.
Esto
último nos sirvió para ser conscientes, por primera vez a través del lenguaje,
de lo que nos hemos influido mutuamente durante siglos de conquistas y comercio los
vecinos de las dos orillas del Estrecho. En este sentido, nos sorprendió que la
palabra “carro” se utilizara en ambos idiomas –luego he leído que es una
palabra del árabe marroquí importada del castellano- o que el “ouad”, que ya
habíamos leído en varios carteles para señalar los ríos, fuera el origen del
“guad” que antecede al nombre de los ríos del sur de España.
Y
cada vez más orgullosos del viaje emprendido continuamos por la carretera
atravesando la llanura solitaria… solitaria hasta que una imagen nos hizo
pensar por un instante que todo había sido una alucinación o un buen sueño.
En medio de la nada, sin ciudades ni chalets, nos cruzamos con una modernísima
autopista que no aparecía en nuestro mapa de carreteras. Tan moderna que por un
momento nos sentimos de nuevo en el Valle del Guadalentín saliendo de Murcia
camino de Almería. El paisaje era exactamente el mismo, la carretera idéntica.
Sabiendo
que quedaba aún un buen trecho hasta Fez, pensamos que lo mejor sería parar a pasar la noche en una ciudad
más cercana pero antes nos desviamos del camino para visitar
una vieja kasbah señalada por un
cartel en plena autopista. Las kasbah
o alcazabas no son otra cosa que recintos fortificados en los que se resguardaban
en otro tiempo guarniciones militares; de eso sabemos en España por las que
todavía coronan las montañas de Málaga o Almería, incluso en Murcia por los
restos de muralla de la que defendía Cartagena rodeando el Parque Torres. En
este caso, en estado de ruina, la kasbah
había sido aprovechada para levantar en su interior viviendas. Aunque muchas
estaban abandonadas y ya no se mantenían en pie, en otras las antenas
parabólicas indicaban que quedaban algunas familias habitando entre pedazos de
murallas y piedras centenarias.
Como
el día había sido largo y empezábamos a estar cansados pasamos poco tiempo más
en la carretera y paramos para buscar un lugar donde dormir en la ciudad de
Taza. Allí encontramos el hotel Dauphine. Quizá no fuera el mejor alojamiento
del mundo pero el precio era muy asequible y, tal y como nos dijimos al día
siguiente, a todos nos pareció pasar la mejor noche posible.
No
obstante, y aunque ya había anochecido, antes de dormir fuimos a dar una vuelta
por la medina, el barrio antiguo de toda ciudad árabe que se precie. Quizá uno
de los mayores intereses de Taza es precisamente que al no tener ningún interés
en particular no es un foco de atracción turística, por lo que su medina y su
zoco mantienen un aire genuino en el que el ajetreo es el de los propios
comerciantes y habitantes de la zona y no el de los turistas. Este aspecto
también se nota en los precios, mucho menores que los que nos encontraríamos más
tarde en Fez.
Allí
nos empezamos a acostumbrar a las miradas recelosas de algunos marroquíes que
prefieren no salir ni de lejos en las fotografías de los visitantes, a caminar
por calles estrechas y poco iluminadas, a los olores y colores de las especias,
a los corderos colgando sin piel en las carnicerías, a las decenas de
peluquerías abiertas hasta tarde, a las mezquitas vetadas a los occidentales
pero con las puertas abiertas invitando a curiosear desde fuera o a las
teterías repletas solo de hombres.
Ya
nos habíamos acercado a la cultura árabe así que para mantener el equilibrio y
contentar los intereses de los cuatro al día siguiente haríamos turismo de
naturaleza adentrándonos en el cercano Parque Nacional Tazzeka, aunque de eso ya
hablaré en otro post.
Información útil:
Hotel Dauphine.
Tel: 0035 67 35 67
Place de L'Independence. Taza.
Precio habitación cuádruple: 450 DH (aprox 40 euros / 10 euros por persona).
Ferry Almería-Melilla
Compañía: Acciona Transmediterránea
http://www.trasmediterranea.es
Precio aproximado por persona en camarote cuádruple: 41 euros.
Precio aproximado por vehículo: 105 euros.
Información útil:
Hotel Dauphine.
Tel: 0035 67 35 67
Place de L'Independence. Taza.
Precio habitación cuádruple: 450 DH (aprox 40 euros / 10 euros por persona).
Ferry Almería-Melilla
Compañía: Acciona Transmediterránea
http://www.trasmediterranea.es
Precio aproximado por persona en camarote cuádruple: 41 euros.
Precio aproximado por vehículo: 105 euros.
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